Sólo ponerme a escribir ya me da miedo. Porque, como es evidente, todos dependemos de la misericordia de Dios. Y el infierno es para todos, para todos los que obran mal. Nada excluye, salvo que intervenga la misericordia divina, que uno mismo pueda obrar mal. Así que también me puede tocar a mí y eso me da miedo.
El miedo se me quita cuando la esperanza viene. Es decir: el miedo al infierno es lo más lógico del mundo para un pecador, o sea para cualquiera. Pero la esperanza, que es una virtud infusa, una virtud cristiana, una virtud que tenemos todos por el mero hecho del bautismo, no sólo nos ayuda, sino que nos confirma que entraremos en el cielo. Tal cosa no sucederá por nuestros méritos sino que sólo sucederá, pero esto con toda seguridad, por los méritos de Jesucristo.
En el tercer domingo de Pascua, o sea hoy, que es cuando escribo, conviene, sin embargo, por mucha alegría que tengamos por la resurrección, seguir meditando sobre el infierno. La causa por la que propongo esta meditación es porque mucha gente se cree que esta vida es un cachondeo y no tiene nada de broma lo que nos estamos jugando aquí. Hay gente que se piensa que puede robar un poquito y si le pillan, ya estará como máximo cuatro años en la cárcel y luego cumplirá dos.Otros pavos se piensan que pueden tirarse a la vecina y aquí no ha pasado nada porque en las películas dicen que eso es bueno y que no hay que darle tanta importancia.
Otros escriben en Twitter todo lo que se les ocurre, pensando que como es Twitter allí sí pueden insultar como si Twitter fuera una realidad paralela en la cual pueden mentir o desacreditar.
Otros piensan que pueden ir al juicio y mentir en su propio interés porque al final es eso, su interés. Su interés les permite pasar por encima de la verdad.
Como hay daños morales que no están tipificados como delito en nuestro ordenamiento, y como los delitos tipificados en nuestro ordenamiento dan lugar a penas temporales, que además no se cumplen íntegramente, mucha gente piensa que vale la pena delinquir, porque si te pillan ya «pagarás» en la cárcel, pero no devolverás el dinero. De momento, van saliendo adelante y algún día terminará la pena de prisión. Esa es la lógica del delincuente, el cual calcula la pena para ver hasta qué punto y de qué manera le compensa delinquir.
En esa lógica no está Dios. Dios no es calculado por el delincuente como algo que pueda perjudicar su voluntad de cometer el delito. El delincuente actúa pensando en el código penal, en que no le pille la policía y en que, si le pillan, sea dando lugar a la menor pena que siempre será temporal.
La lógica de Dios es diferente, y la que cuenta es la lógica de Dios, porque aquí el que manda es Dios. El omnipotente es Dios. El pecador, mucho más que el delincuente, es uno que ofende a Dios, no tanto uno que roba al prójimo.
Dios, cuando recibe una ofensa, según las reglas que él mismo ha implantado tiene establecido que, si uno se acoge a su misericordia infinita, gracias a los méritos de Jesucristo puede ser objeto de Redención, si se arrepiente de aquello que ha sido su pecado. Pero, si no se arrepiente, tiene un problema, y muy gordo: que las penas del infierno son eternas.
Ya no sirve la lógica del delincuente. El problema ya no está en el código penal. El problema está en los diez mandamientos. La transgresión de los diez mandamientos te lleva de cabeza al infierno. El infierno es un lugar pestilente:

El pecado será o no delito, en función de lo que digan los códigos penales de cada país, pero es pecado. El pecado es una ofensa a Dios. Sin necesidad de código penal, su pena es el infierno. Precisamente porque el ofendido es Dios. Si Dios es infinito, es lógico que la ofensa grave a Dios tenga igualmente una pena infinita. Infinita en el tiempo. Puede decirse que toda pena de infierno es misericordiosa, porque es infinita sólo en el tiempo. Podría ser también infinita en la intensidad. La eternidad de las penas del infierno se recoge con toda claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica:
1035 «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, «el fuego eterno» (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira».
El infierno no es otra cosa que la voluntaria pérdida del amor, el rechazo directo e inmediato a la persona de Jesucristo. Si sólo nos ha sido dado un nombre bajo el cielo bajo el cual podamos ser salvos y este es el nombre de Jesucristo, la persona de Jesucristo, es evidente que rechazar a Jesucristo genera una pena eterna. Precisamente en los términos en los que el Catecismo lo postula:
1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: «Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él» (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra «infierno».
Naturalmente, ustedes pueden pensar que el infierno no existe. Pues allá ustedes. En todo caso, corren un riesgo fenomenal, porque si el infierno existe, están jugando no con fuego, sino con penas eternas.
Por otra parte, los que tenemos fe, por causa de la fe ,que se apoya en la autoridad de la palabra de Jesucristo, no porque hayamos estado en el infierno, sabemos con total certeza, superior a la de los sentidos, mayor que la de lo que se ve o lo que se oye, o se huele, que el infierno existe. Además, hay místicos que sí han estado en el infierno y uno de ellos es Faustina Kowalska:


En efecto, una gran treta de Satanás consiste en hacer creer a los idiotas, especialmente a los tontos, porque no se puede ser más tonto, que han abandonado la fe de que el infierno no existe. Pero el infierno sí existe. Y el chasco que se van a llevar cuando se encuentren con él va a ser monumental. Eterno.
Por las almas del infierno no hay oración posible. Ya están allí y allá se van a quedar allí para siempre. Sin embargo, por las almas que están en el purgatorio, la oración no sólo es posible, sino que es una necesidad, una obligación de caridad. Una obligación nuestra, mía, suya: de usted.
Estamos personalmente obligados a rezar por las almas del purgatorio. Toda vez que éstas sí tienen redención. Es más, ya han sido redimidas. Jesucristo ya las ha sacado del infierno, porque no irán al infierno. Lo que sabemos, sin embargo, es que estarán un tiempo en el purgatorio. La idea con estas almas es que salgan del purgatorio cuanto antes y, para eso y por eso, se reza por ellas.
La oración por las almas del purgatorio consiste en algo muy sencillo: pedir para ellas la caridad, el amor que no tienen. Precisamente porque no lo tienen, es por lo que no pueden entrar en el cielo, Debido a que en el cielo sólo se puede entrar con plenitud de amor:
1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).
Esta enseñanza es anterior a Jesucristo y está ya en la profética actuación de los Macabeos, como declara el Catecismo:
1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: «Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado» (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:
«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? […] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41, 5).
No dude usted tampoco en socorrer a los que ya se han ido ni en ofrecer sus oraciones por ellos.
Nuestra recomendación, claro está, es que lo haga por la intercesión de María Santísima, porque usted lo que quiere es sacar almas del purgatorio, ¿no? Pues hágalo de un modo que sea eficiente. Y no hay nada más eficiente que acudir a Jesucristo de la mano de María Santísima.
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