La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es la causa de nuestra redención

Las almas del purgatorio, y todos nosotros, iremos al Cielo, porque así nos lo garantiza la virtud teologal de la esperanza, gracias a una persona: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre, igual a nosotros en todo menos en el pecado,1 el cual vivió y murió por todos y cada uno de nosotros.

En los días de la Semana Santa -escribo en Jueves Santo- Dios sale a nuestro encuentro y nos espera para que nos identifiquemos con Él en su cruz2. No como espectadores, sino como protagonistas. Ni siquiera como Cirineos. Los cristianos no somos cirineos. Los paganos son cirineos, porque no están incorporados a la persona de Jesucristo: no están bautizados. Los cristianos somos, o debemos ser, Cristo mismo, Cristo que pasa, y no llevamos la cruz como cosa ajena, sino -y bastante milagro es- como cosa propia, porque nos ha sido dado no sólo creer en Cristo, sino también padecer por Él. 3

La Pasión es por tanto parte de la vida de cualquier cristiano. El pasado de Cristo, que no está muerto sino que vive, porque ha resucitado, es nuestro pasado personal, más importante que nuestra propia vida vivida, porque lo importante en nuestra vida espiritual no es nuestra pecadora vida pasada, sino la incorporación nuestra a la vida de Cristo, autor de nuestra salvación, por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Las almas que están en el purgatorio están en ese proceso de purificación. No las olvidemos en estos días, porque es nuestro deber de caridad. Presentémoslas a Cristo y a su Madre María Santísima en el día de Jueves Santo, en nuestras obras de caridad y en la conmemoración de la última cena. Acordémonos de ellas en el Viernes Santo, durante el oficio de la Cruz y en nuestras visitas a los Monumentos, en los que Dios mismo nos espera agonizante para que recemos por los demás, también por las almas del purgatorio. Recemos por ellas durante el silencio del Sábado Santo. Y exultemos desde la Vigilia Pascual enredados en un coro inmenso de almas que, por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, saldrán del Purgatorio ese día.

  1. HEBREOS, IV, 15 – 16: «15No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. 16Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno». ↩︎
  2. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n.º 562: «Los discípulos de Cristo deben asemejarse a él hasta que él crezca y se forme en ellos. “Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con él estamos identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con él”. ↩︎
  3. FILIPENSES, I, 29 – 30: » 29Porque a vosotros se os ha concedido, gracias a Cristo, no solo el don de creer en él, sino también el de sufrir por él, 30estando como estamos en el mismo combate; ese en que me visteis una vez y que ahora conocéis de oídas». ↩︎

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Acerca de ICPMP

Íñigo Coello de Portugal Martínez del Peral está casado y tiene cuatro hijos. Se licenció en Derecho (Universidad de Santiago de Compostela, 1981) y en Sagrada Teología (Universidad de Navarra, 1984) y más tarde obtuvo el grado de Doctor en Sagrada Teología (Universidad de Navarra, 1985) y en Derecho (Universidad de Navarra, 1986). En 1989 ganó las oposiciones de Abogado del Estado y de Letrado del Consejo de Estado. Desde 1993 se dedica a la abogacía de negocios. Es Académico correspondiente de Jurisprudencia y Legislación desde 1991. Es Letrado Mayor del Consejo de Estado desde 2009. Ha fundado la red COELLO DE PORTUGAL ABOGADOS. Escribió en el diario económico EXPANSIÓN desde 1991 hasta 2011. Paga, dirige y organiza esta página web.

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